La pérdida de seres queridos, ¿es tal?

Todos en algún momento de nuestra vida nos enfrentamos a la movilizante experiencia de despedir a seres queridos. Esos seres que se nos adelantan ante la finitud de su existencia en este plano.
A este hecho comunmente se le llama “pérdida” del ser querido, “perder” a esas personas que fueron importantes para nosotros. Aquí, como en todo, entra a jugar el uso del lenguaje, ese que le da sentido a toda experiencia, a la particular mirada que vamos teniendo sobre las mismas y por supuesto es acompañada por determinadas emociones que le dan marco.

A fin de que juntos reflexionemos, cabe preguntarnos: ¿en verdad perdemos a esas personas? ¿su partida es realmente una pérdida o se trata de una percepción personal sobre lo ocurrido? ¿representa sólo un cambio en nuestra manera de conexión con ellos o sentimos que se va parte de nuestra vida compartida?, ¿sentimos que pasan a estar ya no con nosotros en presencia sino en nosotros espiritualmente?

Veamos, perder podemos perder algo que nos pertenece y que en determinado momento ya no. Visto así, la pérdida puede referirse con objetos materiales, inanimados, que por supuesto pueden lamentarse en caso de poner en ellos una connotación emocional – sentimental. Para perder, primero tenemos que tener. Los seres humanos ¿nos tenemos?, hasta los más amados ¿nos pertenecemos? Todo vínculo, hasta los más entrañables, son construidos desde la libertad de elegirnos. Hasta los de sangre, más allá de serlo, incluye la libertad de construir juntos un lazo afectivo que nos acompañe, o no, toda la vida.

Cuando la muerte se hace presente, en sociedades occidentales mucho más que en las orientales, existe la construcción de la vivencia como una pérdida, así se percibe, así se siente y desde ese lugar se elabora. Ni bien, ni mal, es como se suele transitar y lleva su tiempo el proceso que apoye salir adelante luego de sucedido el hecho.

Les comparto una apreciación personal: hace ya mucho dejé de utilizar la palabra muerte, en su lugar expreso el término partida. Muerte me resulta una palabra con una carga que conecta con el fin en un sentido contundente, un corte abrupto, alejado de esperanza en el después. En cambio partida, me enfoca en una suerte de continuidad, de cambio de espacio de ese Ser, de trascendencia de su alma; sin más, me enfoco en quien se va, más que en mí que soy quien aún continúa aquí.

¿Qué somos? ¿Un cuerpo con alma? ¿Un alma en un cuerpo? ¿Qué sucede al momento de la finitud de esta existencia? Todos interrogantes que nos pueden llevar a un apasionante y profundo descubrimiento. En definitiva, indagar sobre aquel camino en el cual tarde o temprano cada uno transitaremos.

El grado de apego en estos casos tiene su gran cuota de protagonismo. Extrañar la parte física del ser amado, las vivencias compartidas, las experiencias transitadas es una realidad y provocan dolor, melancolía en los primeros tiempos, hasta que llega ese otro tiempo donde esos mismos recuerdos ya no afectan de la misma manera, se tornan agradables y hasta nos arrancan una cálida sonrisa. Ni bien ni mal, es lo que ocurre.

Ante estas partidas existe un cambio abrupto de un momento a otro y comprobamos que sin más habrá situaciones que dejaran de ser definitivamente. Aceptar lo que es, es el inicio necesario de un proceso que nos apoyará a continuar con la propia vida.

Sea como fuere, cada cual elabora el duelo de la manera personal en que va pudiendo, a su propio ritmo y tiempo, en algunos casos se da con ayuda profesional que acompañe ese proceso tan particular. Por otra parte, siempre puede existir de la mano de estas experiencias un enorme aprendizaje, un aprendizaje que conecta con la profundidad del propio Ser. Y para quienes creemos firmemente en la faz espiritual – incluso más allá de las creencias religiosas – está el descubrir una conexión diferente con esos seres tan queridos, la percepción de sus almas, el saberlos en otro plano, trascendiendo esta existencia para conectar con esa otra hacia la cual todos, sin distinción, terminaremos yendo.

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